martes, 31 de marzo de 2009

Vuelta al escenaio


Llevo tiempo sin escribir, lo se. En mi caso no es debido a un problema informático sino a que la constancia nunca ha sido una de mis virtudes. Pero, aquí estoy, dispuesto a luchar con el teclado y sacar alguna que otra idea inconexa (Qué peligro, cada vez me parezco más a Álvaro).
En un primer momento, pensé en escribir sobre temas de actualidad tras la lectura dominical del periódico, pero luego he pensado en vosotros y he desistido. ¿Acaso vosotros no existis -mis lectores, me refiero- y sois producto de mi imaginación?

Pensé en escribir sobre la acertada, pero mal desarrollada, retirada de nuestros soldados de Kosovo. También pensé en escribir sobre la "memoria histórica" o cómo cambiar la historia en diez capítulos. Luego, me dije que el tema del aborto y la libertad de expresión condicionada podía ser interesante. Acabé pensando en la libertad de culto en occidente comparandola con la de los países del Islam. Pero al final, aunque he sido tentado por los maoris, he decidido escribir sobre mis recuerdos y experiencias.
Recuerdo, por empezar de algún modo, que en mi infancia acudía los sábados al colegio. Antes, solía pasar por "La Mona" y comprar alguna chuche (el pica pica de limón con regaliz negro han sido y siguen siendo mis favoritos). Luego, entraba por la puerta negra, descendía la pequeña rampa y accedía al Aula de música -situada más allá del comedor, a mitad de camino de los soportales- donde intentaba sacar algún sonido a la flauta y posteriormente a la guitarra. Como resultado, sí puedo deciros, que aún hoy soy capaz de soplar e incluso obtener sonidos de la flauta, pero que de la guitarra no paso de acariciar sus curvas. En cuanto al regaliz sigo enganchado. Recuerdo también, que después de muchas horas de ensayo, los flautistas eramos presentados en el Festival de la Inmaculada para celebrar las fiestas del cole, y que incluso algún año obtuvimos algún premio, aunque otros me pillaron por no asistir.
El escenario quedaba definido por la cortina verde que dividía en dos el polideportivo y por las alfombras que delimitaban la zona de actuación. Las gradas estaban a rebosar y allí estaba yo, soplando "El Cóndor pasa"
Ha pasado el tiempo, que no el Cóndor, y aunque yo también estoy en la flor de la vida o estoy a punto de romper en flor el capullo, perdí el miedo escénico en aquellos festivales y me he vuelto a subir a un escenario.
Sí amigos, fue apenas hace una semana cuando debuté tocando el "cajón" en una banda musical, aquí en Münster. Había que dar un toque hispano al sonido sajón y ahí que me fui. No sé si el sonido fue bueno o no, ni siquiera sé si hubo sonido. Sí sé que disfruté compartiendo escenario.

sábado, 14 de marzo de 2009

Mientras voy en bici


No, en estos momentos no estoy camino del contenedor, sino sobre mi bicicleta. Bueno, esto tampoco es posible, no es fácil conducir y escribir al mismo tiempo ni siquiera en una MOLESKINE. Lo que quiero decir, es que el desarrollo ideológico de estas líneas ha sido mientras iba a trabajar en mi bicicleta. Y posiblemente por ir en bicicleta es por lo que haya empezado a pensar en cómo ha cambiado el empleo de la bicicleta con el paso de los años.

No hace tanto, la bicicleta era un medio de transporte habitual en nuestra geografía e incluso en el ámbito militar existían unidades de ciclistas. Pero por algún motivo, en algún momento, la bicicleta pasó a ocupar un segundo plano, dando paso a los ciclomotores y coches. Empezó a considerarse algo pobre, síntoma de escaso poder adquisitivo. Todo aquel que quería mostrar su status social debía abandonar la bicicleta y optar por un coche.

En los años 60 la bicicleta estaba prácticamente en desuso, relegada a los carteros y a los pueblos. Sólo los niños disfrutabamos de tan maravilloso regalo, aunque únicamente si teníamos la suerte de contar con un lugar fijo de vacaciones, pues no era fácil transportarla de un lugar a otro. Al menos, hasta que en los 70 aparecieron las plegables. BH, ORBEA, GAC... todas las marcas sacaban al mercado sus modelos, incluso con colores metalizados.

Curiosamente, años más tarde, cuando España entró a formar parte de los países de la cultura del bienestar, vuelve a popularizarse la bicicleta pero con un nuevo enfoque. Su uso se convierte en lúdico y deportivo. Aparece la bicicleta de montaña, se busca el ejercicio en un entorno natural. Tener una bicicleta. Lo que antes era síntoma de bajo poder económico se convierte ahora en expresión de poder, bienestar, modernidad y compenetración con la naturaleza y la vida sana. Con la llegada del buen tiempo, vemos como nuestras carreteras y caminos van llenándose de ciclistas con llamativos atuendos, empeñándose afanosamente en perder esos kilos de más ganados a pulso durante el invierno.

El nacimiento del nuevo siglo ha vuelto a introducir un cambio en el mundo de la bicicleta. El aumento del precio del crudo, el cambio climático o el exceso de contaminación han llevado a nuestros alcaldes a impulsar la bicicleta como medio de transporte. Poco a poco se van aumentando los kilómetros de carril bici. Sin embargo su uso sigue siendo, pese a todo, eminentemente deportivo y el Día de la bicicleta no pasa de ser una anécdota en el calendario.

Llevo ya casi dos años en Alemania y lo que al principio me sorprendió, ahora lo veo de lo más natural. Aquí en Alemania -o al menos en Münster- desplazarse en bicicleta es síntoma de normalidad, de estar plenamente identificado e integrado en la vida social. Niños, jóvenes y ancianos; hombres y mujeres; en pantalón, con corbata, tacones o minifalda; en verano y también en invierno; llueva o nieve.

El uso de la bicicleta es generalizado, pero evidentemente determinados factores permiten este uso. En primer lugar el terreno, completamente llano. Acordaos del esfuerzo que suponía subir por la calleja de Arna o la Cañía. En segundo lugar la climatología, que aunque fría y húmeda en invierno, permite en verano ir de un sitio a otro sin terminar empapado de sudor. Imaginad ir a trabajar un siete de julio en Sevilla.

Pero, posiblemente por encima de estos dos factores esté la mentalidad. No rígida, pero si respetuosa. El ciclista tiene preferencia y está especialmente protegido en caso de accidentes. Dispone de carriles y aparcamientos específicos por toda la ciudad con un sistema de señales y semáforos propios. También el ciclista debe cumplir con su parte del contrato. También él debe respetar las normas de tráfico y circular por su derecha, no conducir sin manos, llevar luces y no hablar por el móvil, pues el incumplimiento puede llevar consigo una multa o incluso la perdida de puntos en el carné.

En fin, ya llego a mi trabajo y aparco mi bici así que dejaremos estos pensamientos para más adelante. Igual a la vuelta se me ocurre otra cosa. Un abrazo

jueves, 12 de marzo de 2009

A la basura con la MOLESKINE

Hace no mucho, Kowalsky comentaba en su blog que en sus viajes a todo lo largo y ancho de este mundo iba siempre acompañado de su MOLESKINE con la esperanza de encontrar un momento para plasmar sus experiencias y pensamientos. Sin embargo, a su pesar, esa compañera inseparable seguía virgen y ha sido ahora mediante la MOLESKINE digital cuando ha salido a la luz su yo más auténtico. Es posible por lo tanto, que esas ideas gestadas y acumuladas durante sus viajes adquieran ahora mayor madurez fruto del recuerdo y la reflexión. O, simplemente que ahora, haya encontrado el momento oportuno para escribir. En cualquier caso me alegro que haya elegido el formato digital pues con la MOLESKINE clásica, de tapas de piel y páginas amarillentas, esos pensamientos hubieran quedado ocultos, aprisionados por la goma de cierre.

Yo no he viajado tanto como Kowalsky, aunque sí lo suficiente como para ir también acompañado de mi MOLESKINE. Con frecuencia la metía junto a mi cámara de fotos con la sana intención de hacer anotaciones sobre mis fotos o añadir con palabras lo que el ojo no siempre ve. Sin embargo he de reconocer que también mi MOLESKINE sigue inmaculada.

Igual tiene que ver algo con la familia que debamos comprobar. ¿Quién tiene MOLESKINE? ¿Quién la utiliza para algo más que decorar la mesilla de noche?

Si bien la posesión de una MOLESKINE inmaculada nos asemeja, no así el cómo se fraguan las ideas para escribir en ellas. Kowalsky habla –o por lo menos eso imagino yo- de sus viajes a lugares exóticos con playas paradisiacas o selvas de asfalto y hormigón; a países con culturas milenarias y completamente contrapuestas a la nuestra. Y es ahí, en esa diversidad y contraposición donde encuentra su inspiración. Por mi parte, debo decir que mi inspiración viene durante otro tipo de viajes. Fundamentalmente camino del contenedor con una bolsa de basura en la mano. ¡Pero cuidado! No por eso mis pensamientos son todos sucios. Lo que ocurre es que esos cinco minutos me son muy productivos.

Como veis, el problema es otra vez similar, pues aunque a estos viajes no me hago acompañar por mi MOLESKINE, tengo por lo tanto, que emplear tras la oportuna limpieza de mis ideas, el formato digital.

Gracias Kowalsky por compartir tus ideas y darme un motivo para escribir. Un abrazo y hasta pronto.

Gracias David, por contagiarme y hacer que este blog se despierte después de tanto tiempo en la vía muerta. Esto no viene al caso pero me apetecía decirlo.